Los invito a participar de nuestro mundo, cuidándolo, protegiéndolo. Todos somos responsables.
martes, 26 de agosto de 2008
Proverbios
lunes, 18 de agosto de 2008
Sobrevivientes de Gripe 1918
Anticuerpos aún protegen a sobrevivientes de gripe 1918
lunes 18 de agosto de 2008 12:16 GYT
Por Maggie Fox
WASHINGTON (Reuters) - Los anticuerpos de los sobrevivientes a la pandemia de gripe de 1918, la peor de la historia, aún protegen contra el virus altamente mortal, dijeron el domingo investigadores.
Los descubrimientos de un equipo de expertos en gripe y sistema inmunológico sugieren nuevas y mejores formas de combatir el virus, especialmente las nuevas cepas pandémicas que emergen y se divulgan, antes de que pueda crearse una vacuna.
Estos sobrevivientes, de entre 91 y 101 años, atravesaron la pandemia cuando eran niños.
Sus sistemas inmunológicos aún tienen el virus en la memoria y pueden producir proteínas llamadas anticuerpos que matan la cepa de la gripe de 1918 con sorprendente eficacia, informaron los investigadores en la revista Nature.
"Fue muy sorprendente que estos sujetos aún tuvieran células flotando en su sangre tanto tiempo después," dijo el doctor James Crowe, de la Universidad Vanderbilt de Tennessee, quien condujo el estudio.
Los anticuerpos también protegieron a ratones del virus de 1918, que se propagó por todo el mundo al final de la Primera Guerra Mundial y mató entre 50 y 100 millones de personas, dijo el equipo de Crowe en Nature.
"Los anticuerpos que aislamos son anticuerpos impresionantes. Se agarran muy bien al virus y virtualmente no lo sueltan nunca," dijo Crowe en una entrevista telefónica.
"Eso les permite matar al virus de 1918 con una potencia extrema, lo que significa que se necesita una pequeña cantidad del anticuerpo."
El cuerpo humano tiene dos sistemas para combatir invasores como bacterias y virus. Un sistema usa las llamadas células T y otro emplea células B, producidas en la médula espinal, que en respuesta generan anticuerpos para identificar y atacar a los invasores.
Crowe dijo que ahora será importante analizar a otras personas que tuvieron gripe para ver si sus respuestas inmunológicas son tan fuertes.
"La creencia es que la primera gripe que aparece en la vida es frente a la cual se tiene una mejor inmunidad," dijo.
Frases célebres
viernes, 15 de agosto de 2008
Alimentación Natural
ALIMENTACIÓN NATURAL
La Alimentación Ideal
Que recupera, cura y conserva sana la vida
Según el aforismo de Hipócrates, "el alimento que cura también conserva la vida"; luego, nos enfermamos por alimentos impropios. La humanidad -como dice otro sabio- cava la sepultura con sus propios dientes.
Tan pronto como nos proponemos corregir nuestros malos hábitos alimenticios, emprendemos la jornada hacia el blanco más ideal a poder ser alcanzado: la salud.
La vida se sustenta con la vida, o sea, con alimentos vivos, tales como vienen del laboratorio de la Naturaleza.
La alimentación edénica -primitiva- era constituida de frutas y verduras crudas. El arte de cocinar los alimentos trajo como resultado la decadencia física, y las muchas enfermedades se deben al artificio de la cocina.
Todos los animales eligen sus alimentos específicos en estado crudo. Así, por ejemplo, vemos los carnívoros que se deleitan con sus presas bañadas en sangre; los herbívoros como: los bueyes, elefantes, caballos, etc., se complacen con el verde pasto de los prados; los granívoros (roedores y muchas aves), se complacen con las semillas gramíneas crudas; los frugívoros (simios en general), viven de frutas crudas, hojas verdes, bulbos, etc.
Grandes naturalistas como: Cuvier, Flourens, Sappey, Darwin y otros, en base a la anatomía y fisiología comparada, establecieron la naturaleza frugívora del hombre. ¿Qué sería si el hombre siguiese esa ley natural, de usar los alimentos destinados a su uso, como los ofrece la Naturaleza?
Se viviría una existencia más larga, sin las terribles enfermedades que azotan a las civilizaciones, como ser: la obesidad, que constituye en nuestros días un verdadero problema, la tuberculosis, que lejos de manifestarse en los simios que viven en plena naturaleza, aparece con frecuencia en aquellos que viven en jaulas; la arteriesclerosis, una enfermedad que deriva exclusivamente de la nutrición; las várices, que tanto afean y hacen sufrir a millones de seres humanos, en fin, toda una cadena, hasta llegar al terrible cáncer, verdadera plaga del siglo XX, pero plaga que es un tributo caro que pagamos por todas las transgresiones infringidas contra las leyes de la Naturaleza.
El único remedio para acabar con las enfermedades consiste en obedecer estrictamente a las leyes de la Naturaleza y en materia de alimentación, sería volver al crudivorismo edénico.
Hemos heredado de nuestros padres costumbres equivocadas, las cuales ellos heredaron de nuestros abuelos, y así sucesivamente, hasta remontar a miles de años. Estas costumbres no pueden ser desarraigadas de la noche a la mañana pero no por esto debemos desanimarnos en la lucha para alcanzar el blanco.
Por lo general, establecemos un blanco en nuestra vida y no siempre lo alcanzamos. Unos llegan más cerca, otros más lejos, pero todos corren mirando al blanco. Esto también es posible con el problema en cuestión.
Hemos visto personas viciadas con el hábito de fumar y tomar alcohol que poco a poco fueron abandonando estos perniciosos vicios, conscientes que de ellos eran esclavos.
Luego subieron otro escalón, abandonando muchos alimentos dañinos y malsanos, sustituyéndolos por otros más naturales. Sorprendidos por los magníficos resultados obtenidos, desaparecieron así muchas enfermedades, optaron por seguir más adelante, comprobando que cuanto más nos ajustamos a la ley natural, mayor será nuestro beneficio personal.
El crudivorismo (hábito de comer los alimentos crudos), aunque no sea posible en todos los casos y de una manera continuada, debe ser practicado periódicamente, pues está comprobado que es el tipo de alimentación vitalizante y reconstituyente indicado como un medio eficaz en la curación de la mayoría de la enfermedades.
Como regla general, debemos usar muchos más alimentos crudos y menos alimentos cocidos. Muchos cocinan todo, pensando tornar más digestivo al alimento y evitar la contaminación.
- En el primer caso sólo se justifica cuando se trata de alimentos no asimilables en estado crudo, es decir, cuando el organismo no puede asimilar los almidones de ciertos alimentos crudos, como: papas, mandioca, etc., y todos los cereales y legumbres, alimentos estos que tienen que ser sometidos al proceso de cocimiento antes de ser ingeridos.
Todas las frutas y una gran parte de las verduras, son siempre más digestivas en estado crudo y mucho más vitalizantes, puesto que todos los elementos vitales son destruidos por la cocina.
Un organismo alimentado con alimentos muertos se debilita más y más, y es esto lo que disminuye su capacidad para digerir los mismos.
Un organismo así debilitado de elementos vitales, está mucho más predispuesto al contagio, pues no ofrece resistencia a los microbios patógenos, cumpliéndose así el axioma de Claude Bernarde: "El microbio no es nada; el terreno es todo".
- En el segundo caso -contagio- se evitará lavando bien cualquier fruta o verdura antes de usarla. Además, es un deber de higiene practicar esta regla. Las frutas son sometidas a tratamientos con insecticidas y deben ser bien lavadas. Las verduras son más peligrosas, pues pueden ser abonadas con ciertos abonos que permitan el contagio de parásitos. Por eso, toda persona que tiene algunos metros de tierra alrededor de su casa, puede cultivar las verduras para su uso.
Además de evitarse de esta forma el problema de abonos comprometedores dudosos es un placer que causa satisfacción el poder darse la tarea de cultivar uno mismo nuestra quinta. Esto, sin contar el ahorro de los egresos que casi todos los días la ama de casa dispende con el verdulero.
Grandes y maravillosas curaciones se han realizado con el crudivorismo, y como lo dice el Dr. Amílcar de Souza: "Hemos asistido a verdaderas resurrecciones" con este método. De este ilustre autor, transcribimos los siguientes párrafos:
El vegetalismo cocinado es indispensable en la transición; pero aunque preferido al carnivorismo, tiene también sus desventajas. Los vegetarianos gozan de mejor salud que los comedores de carne o pescado, o los que beben té o vino. El que ingiere un alimento cualquiera, adulterado por la manipulación en que entre el calor, proporciona auxiliares a la población microbiana destructora de la constitución de los órganos y aparatos vitales.
El sabio inglés Dr. Densmoore fue quien lanzó el grito de alarma contra los vegetarianos haciendo valer la necesidad de la alimentación cruda, en la que predominen los frutos oleaginosos de especies varias, como cocos, piñones, almendras, etc., especialmente las ensaladas crudas. Fue un éxito en Inglaterra, donde estos problemas se estudian y se llevan con rigor. Otros muchos médicos y filósofos han seguido los pasos del Dr. Densmoore.
La verdadera dieta del hombre se ha encontrado, y la constituye una combinacrón acertada de tres variedades de frutos: 50 o 100 gramos de nueces sin cascara; de tres a seis manzanas; de tres a seis naranjas; éstos constituyen una excelente comida. Algunas horas más tarde puede hacerse otra comida sobria y frugal como la anotada, "cocinando" con el sol y con los elementos constituidos necesarios al organismo. Es preciso unir frutos oleaginosos a los farináceos y a los jugosos. Algunas castañas de Para, seis plátanos (bananas) y seis naranjas, son lo suficiente para una de las dos comidas diarias. La dieta natural, no cocinada, es la última palabra de la bromatología.
El cuerpo humano debe considerarse como un condensador eléctrico, que es preciso cargar con la influencia del sol, si así no se hace, las funciones orgánicas se perturban y se anormalizan. No hay argumentos que neutralicen esta concepción, y para obtener la carga proveniente de la "batería" llamada organismo, es indispensable tomar baños de sol y de aire y comer alimentos sin cocinar.
El que come carne, pescados, huevos, preparados en la cocina, ingiere una albúmina coagulada. La leche hervida no se separa del suero ni se coagula, sino que fermenta. Los huevos cocidos no pueden producir aves. Los frutos cocinados, echados en la tierra, no germinan. Todos los males del organismo dependen principalmente del alimento cocinado, de los prejuicios de las medicinas y de la falta de aire puro y de sol. La culinaria quiso facilitar la masticación y la digestión, y por eso el hombre casi no mastica ni digiere, siendo así que si debía almorzar en una hora, lo hace en quince minutos, dando o un trabajo enorme al aparato digestivo que, pasadas cinco o seis horas, no ha podido aún convertir en apta la parte útil de los alimentos modificados por el calor.
Una hora después de comer, todos los frutívoros (los que comen frutas) que sepan cumplir sus deberes de masticación, no tienen nada en sus estómagos. Cinco horas más tarde vuelven a sentir ganas de comer. ¡Dichoso aquel que, por saber comer, economiza trabajo a su organismo !
Quien quiera masticar bien, debe considerar que los alimentos sólo se deben tragar después de reducidos por la masticación a una pulpa blanda. Para eso tenemos los dientes. ¿Sabemos por qué motivos se carean los dientes o se caen? Sí; porque utilizamos con preferencia los alimentos cocinados, sobre todo el azúcar, que disuelve principalmente el esmalte de los dientes. En los países que abusan de la pastelería, el café y té azucarados, los dentistas tienen mucho que hacer. La caída de los dientes, en gran número de casos, es signo de vejez precoz.
Los frutos pueden rallarse, amasarse y hasta aplastarse, y aun así es necesario darles las vueltas precisas en la cavidad bucal con auxilio de las mandíbulas y la cara interna de las encías antes de dejarlos partir hacia el estómago? en el que están hasta que emprenden su trayectoria cíclica a través del tubo digestivo.
Los crudívoros o, mejor dicho, los frugívoros, comen también hojas de plantas, raíces y tubérculos en ensalada; esos alimentos medicamentos, que poseen muchas vitaminas, son excelentes para proporcionar al organismo las sales necesarias para la vitalización de los nervios, músculos, huesos, etc. Una ensalada de lechuga con cebolla, aderezada con aceite virgen y zumo de limón, es un excelente depurativo y un calmante soberbio. Con el uso continuado de los berros, la lechuga, cebolla o achicoria, así como también de frutos crudos, algunos enfermos se curan de mil molestias heredadas o adquiridas.
No es tan difícil como se cree, regenerarnos por la dieta edénica.
Una persona cualquiera, bien encaminada, puede iniciar este régimen comiendo una vez lo que dejamos escrito, y en la comida siguiente, vegetales cocinados al vapor, combinándolos con ensaladas variadas, café de cebada, pan completo o corteza de pan vulgar tostada.
No me cabe duda que las personas pudientes no querrán proceder de este modo, por la razón de que para mucha gente, comer de todo representa el mayor de los placeres.
"Sin embargo, la dieta de frutas debería constituir la salvación de la humanidad, porque está exenta de veneno y modifica la constitución celular, normalizando el organismo y purificando la sangre corrompida.
Es necesario, para congregar los beneficios de la cura, iniciarla con lógica y seguirla con lentitud y persistente criterio".
Fragmento del libro "Como vivir sano" editorial El Renuevo
publicado por la Asociación Interamericana de Biocultura
Dr. José Luis Ignatov
miércoles, 13 de agosto de 2008
Arte
El poder narrativo del arte
Las imágenes artísticas han sido empleadas a lo largo de la historia con finalidades diversas: desde la propiciadora en la Prehistoria hasta la meramente estética (el arte por el arte) buscada en la Edad Contemporánea. Hubo un tiempo, incluso, en el que habrán de asumir la responsabilidad de ser los instrumentos transmisores del conocimiento, especialmente útiles en aquellas épocas en las que la mayoría de la población no sabía leer, cumpliendo de esta manera la función de narraciones visuales de historias.
Esta capacidad del arte fue a lo largo de la Edad Media aprovechada por la Iglesia para transmitir conocimientos teológicos, representar vidas de santos que eran un modelo a seguir o reproducir historias de la vida de Cristo, la Virgen, los Apóstoles, etc. Era una manera de llegar al pueblo llano que, si bien no tenía los conocimientos necesarios para leer estos episodios, sí que los conocía “de oídas” y era perfectamente capaz de descifrar las imágenes y a qué hacían referencia. El modelo empleado para estas representaciones variaba en función de la técnica artística usada, pero algo común a casi todas estas representaciones era el formato secuencial; es decir, los diversos estadios de las historias se representaban en viñetas (de algún modo, hoy día serían el equivalente a los actuales cómics).
Así pues, el arte en los templos en época gótica tendrá un valor fuertemente representativo (carácter que se mantendrá en épocas posteriores): claramente para el pueblo era posible distinguir a los diversos personajes que aparecían ejecutados en las obras de clase religioso narrativo. Este tipo de representaciones no buscaban tanto la obtención de un aspecto “natural” como una impresión en el creyente, derivando de esta circunstancia su enorme y característica rigidez formal. Además, en ocasiones, las imágenes representadas se harán aún más cercanas al fiel mediante una remisión a su cotidianeidad (la representación de labores será algo habitual) o la inclusión de un componente de carácter supersticioso (las representaciones cosmológicas, presentes por lo habitual bajo la forma de los signos del zodíaco, son algo común en estos momentos).
El uso de imágenes narrativas no fue algo circunscrito tan sólo al interior de las iglesias sino que éstas se empleaban también en otros espacios, como en los claustros, cuyos capiteles historiados eran viñetas en movimiento muchas veces. Esta decoración era una manera de ayudar a los fieles a comprender la fe ya que, en la mayoría de los casos, las escenas provenían del Antiguo y Nuevo Testamento. Las puertas han sido otro soporte sobre el que se han volcado historias; historias que “daban la bienvenida” al fiel ya desde el mismo momento del acceso al templo. Puede añadirse así un valor más a la función que desempeñaban las imágenes en estos momentos (s.XII-XIII): preparar al creyente. Eran una especie de presentación inicial de la fe que se guardaba y que aguardaba en las iglesias. Quizá en esta dirección de la puerta como elemento conceptual, cuyas escenas por consiguiente tendrían un gran valor simbólico, el ejemplo más notable, aunque ya en el s.XV, sea la Puerta Este del Baptisterio de Florencia, que el mismo Miguel Ángel ya denominó “Puertas que se abren al Paraíso”.
En el ámbito profano también encontramos ejemplos de la capacidad narrativa de las imágenes; así podemos conocer la historia de los marinos mercantes de la cual nos habla Alfonso X El Sabio en su cantiga XXXV aunque no sepamos leer, gracias a un pergamino que acompaña dicha cantiga y que reproduce visualmente lo que ésta nos cuenta (aquí ya encontramos la imagen como un complemento que acompaña al texto). Y si bien el mayor servicio de las escenas secuenciadas ha sido el recibido por las obras de arte religiosas, muchas de las imágenes en ellas presentes llegaron a conformar auténticos “muestrarios” iconográficos al servicio de la copia (tanto en el ámbito profano como en el religioso). Y es que, otra de las funciones que han ejercido las imágenes artísticas a lo largo de los siglos ha sido la de servir de modelos; las historias representadas a lo largo de la Edad Media, y posteriormente, se repitieron constantemente, en buena parte debido al hecho de que derivaban todas ellas de una misma narrativa (la Biblia por ejemplo), aunque con el tiempo los temas iniciales evolucionaron al aumentarse la complejidad en las escenas, en el número de personajes, etc. Será, sin embargo, en el s. XV, con la invención de la imprenta de caracteres móviles, cuando la función de las imágenes como repertorios copiables alcance una mayor difusión, siendo muy común encontrar en este siglo obras casi similares, como por ejemplo sucede con los grabados de Durero.
Hay que tener en cuenta además que muchas veces los artesanos encargados de realizar las obras estaban sujetos a las exigencias de los encargantes, en unos casos las que imponía la Iglesia, principal consumidor de este tipo de arte a lo largo de la Edad Media, y en otros casos cofradías o confraternidades (como el retablo comisionado por la Confraternidad del Santo Sacramento para San Peter). De este modo las representaciones se desviaban lo justo de la “verdad”o eran extremadamente exactas, para satisfacer al cliente y sus necesidades. Necesidades que cambiarán con el tiempo a la par que cambie la sociedad, porque, como ya se ha dicho en multitud de ocasiones, el arte no sólo recoge los conocimientos y el espíritu de una época, sino que es reflejo a su vez de la misma. Y si así por ejemplo este altar del santo Sacramento debía ajustarse exactamente a las indicaciones de dos profesores de teología, en pleno renacimiento humanístico Miguel Ángel llenará el techo de la Capilla Sixtina de figuras desnudas y musculosas.
Hoy día, aunque parezca que todos estos modos de expresión quedan muy lejos, continúa vigente esta forma de comunicación mediante escenas secuenciadas. Sin entrar ya en la más obvia como son los planos que el cine pone en movimiento, encontramos que este mismo sistema aún se sigue empleando en nuestra sociedad, bien con una finalidad ilustrativa, de advertencia, e incluso humorística.
sábado, 26 de julio de 2008
sábado, 19 de julio de 2008
Algo de Historia y fantasmas
Punto de arribo de tradiciones, representaciones y formas de ver y organizar el mundo, el siglo XIX reinterpretó todo, reelaboró una nueva cosmovisión, y desde ese mismo instante nada fue idéntico a lo que antes era. Hito singular en la historia de la cultura occidental, la centuria pasada (XIX) creó las bases de una sociedad nueva (que fue nuestra hasta hace relativamente poco tiempo). Instauró una muy particular manera de conceptuar a la familia, el cuerpo y la muerte. Desarrolló un mundo industrializado, en donde la tecnología empezó a cumplir un rol protagónico que no había tenido, y combatió las enfermedades como nunca. Creó una sociedad urbana inimaginable cien años atrás, e inculcó una ética renovada, menos dependiente de Dios. Propuso paradigmas —políticos y científicos— que consiguieron prolongar sus influencias hasta fines del siglo XX, e impuso un ideal —el del Progreso— que sirvió de telón de fondo y soporte de toda una época. Inauguró conflictos sociales, políticos y económicos, muchos de los cuales derivaron en revoluciones y guerras ; desarrolló los ideales del nacionalismo e impuso —paralelamente a ello— una presión imperialista que recién se diluiría —en sus aspectos formales— a mediados de la década de 1960. Pero, sobre todo, colocó a una clase social como modelo: la burguesía.
Como dice Eric Hobsbawm, el siglo XIX fue predominantemente burgués en sus hábitos, ilusiones y sueños. El emprendimiento y la concreción de objetivos personales se convirtieron en exultantes manifestaciones del propio valer, y el individualismo no se dejó rogar. Así mismo, un férreo orden social —sumamente jerarquizado— reglamentó los comportamientos, los gestos y el imaginario social; haciendo de las apariencias el resorte necesario para elevar el status dentro de una realidad en la que la competencia se convertía en un valor digno de ser puesto en práctica-
Esta sociedad burguesa, logró impregnar —con su cultura y forma de ver el mundo— a aquellos sectores sociales que la combatieron duramente, imponiendo lo que se ha dado en llamar un aburguesamiento tanto de los grupos aristocráticos como de los sectores obreros.
Fue este mundo burgués el que inventó la intimidad —que era su esencia—; reorganizó los rituales domésticos —que calaron tan hondo que se los creyó existentes desde siempre—; propuso una renovada dualidad entre la solidez de lo material y la belleza del espíritu. Elevó la castidad y la represión del instinto a un punto tal que la hipocresía no pudo dejar de surgir. El secreto, el pudor, los prejuicios y la llamada moral victoriana, evidenciaron —con su difusión— el éxito de esta clase hegemónica en muchos rincones del planeta. Y, por supuesto, los fantasmas también se aburguesaron.
Después de la sacudida racionalista del siglo XVIII, y agitada profundamente por el reeditado ideal clásico, la cultura europea del XIX buscó renovarse escudriñando, una vez más, en la imaginación y el sentimiento. Así surgió el movimiento romántico, que se tradujo en un esfuerzo por rescatar del pasado la perdida nostalgia de la Edad Media; abriéndose a experiencias estéticas e intelectuales que solieron inspirarse en lo desconocido, en lo oculto, en la noche con sus sombras y misterios. La muerte y los fantasmas, la soledad y las tinieblas, impregnaron todo por doquier. El romanticismo sería —como escribió René Huyghe— "una fuga de lo real a lo imaginario".
Desde ese momento quedó enunciada la doctrina del movimiento; y ya no fue el hombre externo —completo y reflexivo— lo que se puso en juego, sino que, en lo sucesivo, se distinguiría al hombre interior, ése que en su intento por comunicar su alma con la naturaleza exaltaría las dimensiones de lo infinito. El genio romántico —a fuerza de querer franquear los límites de la razón común, y permitir la intrusión de lo fastasmático— planteó la vacilación del cerebro, y entrevió la locura (en la que muchas veces llegó a caer).
Imbuido de una gran dosis de irracionalidad, y dotado de una capacidad excepcional para exaltar el sentimiento, el romanticismo reinventó el concepto de fantasma, otorgándole una serie de cualidades que —popularizadas desde entonces— impactaron en el imaginario colectivo, dándonos una imagen hoy tradicional del mismo.
De esta manera, nació un género literario que alcanzó un sorprendente desarrollo entre mediados del siglo XIX y principios del siglo XX: la "Ghost Story" que, junto a la novela gótica (de anterior data), sustituyeron a "[...] las groseras supersticiones por delicadas emociones artísticas".
Asimismo, la organización de nuevas disciplinas científicas orientadas al estudio del hombre —tales como la antropología y el folklore— dirigieron sus arsenales metodológicos hacia las sociedades "primitivas" de distintas partes del mundo, rescatando del olvido mitos y leyendas populares que revelaban una relación con la muerte (y con los muertos) que se creía perdida en el entorno occidental. Este mundo de los espíritus encontró, pues, en la leudante burguesía decimonónica un medio propicio donde arraigar, intentando conciliar las contradictorias dosis de espiritualismo y materialismo que esta clase social encarnaba.
El fenómeno espiritista —conocido desde tiempos antiguos, e interpretado de diferentes maneras según el entorno cultural— reapareció en el seno de la sociedad europea que, imbuida de positivismo, persiguió a los fantasmas armada con las leyes conocidas de la física. La preocupante obsesión por la supervivencia del alma —que había desvelado el sueño de más de un pensador clásico, como Pitágoras, Empédocles o Platón— dejó de ser, para muchos, un problema meramente filosófico, transformándose en uno propicio a ser demostrado científicamente por el materialismo. Los experimentos espiritistas —origen de la actual pseudo-ciencia llamada parapsicología— alinearon sus energías en la búsqueda de pruebas positivas, que creyeron encontrar en las melodramáticas sesiones espíritas celebradas en salones y cortes de todo Europa. En ellas, las almas desencarnadas de los muertos se comunicaban con los vivos por medio de golpes, martilleos sobre una mesa y materializaciones ectoplasmáticas; queriendo con todo ello demostrar la supervivencia del Yo individual más allá de la muerte.
Esta moda —convertida en hobby para unos, y en profesión para otros— modificó la manera en que los fantasmas eran conceptualizados; aunque, básicamente, lo que cambió fue la forma en que los espectros se evidenciaban. Desde entonces —y hasta las décadas de 1930-1950— las Almas en Pena empezaron a ser visualizadas (sin que por ello las clásicas manifestaciones auditivas desaparecieran por completo). Castillos, abadías y hospitales, teatros y mansiones, empezaron a albergar figuras etéreas que vagaban cual sonámbulos por los corredores, dejándose ver, e incluso tocar. El materialismo se imponía más allá de la frontera de la muerte, y la doctrina espírita no tardó en teorizar al respecto.
Allan Kardec (padre del espiritismo) y sus seguidores, sostuvieron que el ser humano estaba conformado por tres elementos: el alma, el cuerpo y el periespíritu, que unía a los dos primeros a manera de "mediador plástico" y que participaba de la naturaleza de ambos. Por lo tanto, merced a este periespíritu, las almas de los desaparecidos podían corporizarse y trasladarse de un plano a otro de la existencia, conservando una "semi-materialidad" fluida, de color, visible y palpable. Como puede observarse, el paradigma mecanicista —tan en boga por aquellos días— se aplicaba incluso en el Más Allá.
Los avances de la tecnología se pusieron a disposición de esta rejuvenecida "caza de espectros" y fue la fotografía —desarrollada a mediados del siglo pasado (XIX)— la que facilitó los medios para poder retratar a los fantasmas.
El daguerrotipo [1839] y posteriormente la máquina fotográfica [1851], produjeron un fuerte impacto en las sensibilidades colectivas de occidente. Con ambos inventos, la memoria y el recuerdo de los seres queridos pudieron trascender la muerte de una manera hasta entonces inédita; y la posibilidad de reconocer —mediante las fotografías— el aspecto físico de parientes y amigos muertos se alteró cualitativamente.
El tiempo quedaba atrapado en esas placas de acetato, y con ellas se robusteció aún más el individualismo. Ahora el pasado tenía un rostro identificable. Un rostro que denunciaba —en los vivos— el paso inexorable de los años, y guardaba —de los muertos— un retrato fiel, al que sólo los muy ricos habían accedido en el pasado (mediante la pintura / retrato y la escultura).
Las lápidas de los cementerios se adornaron con fotos (las típicas de forma oval); los álbumes familiares se transformaron en espacios de la nostalgia, y el individuo triunfante conservó de sí mismo —y de los otros— una imagen clara, diáfana y palpable. Lo mismo sucedió con los fantasmas, que llevaron la relación con la muerte a un plano más concreto, donde se descubrían las muertes propias (el cambio de aspecto a través de los años) y las ajenas. Así se difundió un renovado culto a los muertos y a los cementerios.
Las fotografías de supuestas apariciones espectrales empezaron a acumularse, y a pesar de los fraudes evidentes, un gran número de investigadores —y, por supuesto, la gente común— mantuvieron y defendieron férreamente la validez de la prueba. Incluso escritores que habían trasladado el tema al campo exclusivo de la literatura, prologaban sus novelas y cuentos argumentando que los fenómenos descriptos existían sin lugar a dudas; reconociendo que la ciencia y la filosofía aún no los había esclarecido. Ejemplo de tal credulidad tardía fue Sir Buldwer Lytton (1803-1873), quien con su obra, La Casa de los Espíritus (1859), pretendió cerrar filas junto a los grupos espiritistas.
Provistos de fotografías, de testimonios denominados directos, y enmarcados por un ámbito cultural que daba espacio a la creencia en fantasmas, hombres y mujeres enrolados en diferentes grupos espiritualistas pusieron sus esfuerzos en tratar de llevar el tema hacia el campo de la ciencia, alejándolo del ámbito de la leyenda folklórica y la superstición. Médicos, matemáticos, físicos, escritores de renombre y políticos de la era victoriana, propagaron decenas de teorías a fin de explicar los casos denunciados de fantasmas. Muchos de ellos lucharon, también, por desacreditar la temática, denunciando y revelando notorios fraudes. Otros, mantuvieron una duda cautelosa, dejando sus mentes abiertas a fenómenos que empezaban a ser denominados como paranormales (más allá de la normalidad). Finalmente, un grupo no reducido se transformó en fervientes defensores de la realidad objetiva de los espíritus.
El "fantasma victoriano", exportado a distintas partes del mundo por los largos tentáculos de la sociedad burguesa del siglo XIX, refleja —como tantos otros productos de esa época— el entorno cultural que le dio origen.
Nacido del materialismo y la industrialización, el fantasma decimonónico encarnó —paradójicamente— el descontento de un gran número de personas, respecto del rumbo que tomaba la sociedad por aquellos cambiantes días.
Adoptados por la poesía, la novelística y aún por la heterodoxa "ciencia informal", los relatos de aparecidos canalizaron la creciente necesidad de evasión a los problemas cotidianos (la explotación del hombre, el hambre, el desamparo, la soledad, el desempleo, et), que el romanticismo supo con habilidad dejar plasmados en la literatura y otras manifestaciones del arte. Los fantasmas disfrazaron tabúes burgueses, y reflejaron al mismo tiempo una intención moralizante, que devino en una muy particular pedagogía del miedo.
A quedar desligados del Diablo, los fantasmas empezaron a teatralizar una escena dulce, nostálgica —aunque no exenta de problemas— que encuentra sus raíces en una manera nueva de conceptuar el sentido de familia y de muerte.
Si tenemos que hacer referencia a una institución exitosa, con una fuerte dosis de autoritarismo y epicentro de valores morales tenidos por trascendentes, debemos hablar de la familia (núcleo esencial del amor responsable en el universo del burgués). Bastión y refugio de la intimidad, el "hogar dulce hogar" se convertiría no sólo en una potente catapulta para el individualismo, sino en el celoso guardián de los secretos familiares, siempre peligrosos de ventilar.
Organizada alrededor de un padre todopoderoso, los miembros de la familia —en especial las mujeres— tenían sus vidas afectivas hipotecadas por "el bien general del apellido". Todo estaba reglado, controlado, medido. Pocas cosas podían dejarse al azar. Los potentados debían casarse con potentados, caso contrario el patrimonio y el prestigio de la estirpe quedaban mancillados social y económicamente. Por lo tanto, ante el nunca deseado desliz amoroso de alguien del grupo, las apariencias debían resguardarse, levantando un grueso muro de silencio y secretos.
También la presencia de un suicida, de un asesino o de un idiota en el árbol genealógico del apellido, era más que suficiente para que se tendiera sobre ellos un impermeable manto de olvido, resistente al chismorreo y el rumor.
Como alguien escribió:
"Si bien no toda familia es un asunto trágico, no cabe duda de que toda tragedia es un asunto familiar" .
Y gran parte de ello queda ejemplificado en las numerosas historias de fantasmas que tienen una base argumental enraizada en dramas privados de ese tipo. Pasiones encontradas, actos lujuriosos (escondidos o sublimados), ambiciones desmedidas (reales e imaginarias), son lo que los fantasmas denuncian en sus rondas nocturnas.
El "fantasma victoriano" se convierte así en una doble amenaza.
Por un lado, rompe con los límites racionales rígidos impuestos por las leyes positivas de la naturaleza; consiguiendo crear un estado emocional que es capaz de alcanzar el más sentido terror, por medio de extravagantes efectos de luz y escenas extrañas.
Por otro lado, tanto en la literatura como en la tradición oral, el fantasma decimonónico irrumpe fracturando el secreto burgués, violando lo íntimo —lo no dicho—, al hacer público los secretos inconfesables de una familia.
Las apariciones piden, denuncian, exigen. Desenmascaran una intimidad hipócrita, egoísta y morbosa, que el grupo se ha cuidado muy bien de resguardar. Este es quizás el motivo por el cual el concepto "fantasma" fue incorporado en algunas escuelas de psicología nacidas a fines de principios del XX.
Un aliado fiel a todas las historias de fantasmas ha sido —y es— el rumor.
Masivo, difuso, susceptible de ser realimentado —dada la transmisión en cadena que lo caracteriza—, el rumor crea siempre una disposición muy especial para que surja la credulidad; ya que "conmueve y golpea en algún punto vulnerable al receptor, disminuyendo la capacidad de discriminación" y haciendo de lo imposible algo probable y verdadero.
Presente en situaciones de crisis —ya sean, sociales o familiares—, la tradición oral encuentra en el rumor un instrumento indispensable para la difusión y tergiversación de historias en la que descargar incertidumbres, envidias, celos e impotencia, producto de la angustia.
La mayoría de las leyendas de fantasmas reflejan esta situación. Con ellas, los sentimientos indefinidos recién nombrados se concretizan en temores que pueden ser manipulados y, por lo tanto, capaces de ser exorcizados, enfrentados o publicados.
El fantasma que vaga eternamente en el universo material de sus antiguas posesiones, el que exige plegarias o atenciones espirituales a sus deudos, el que denuncia sus propios crímenes con lamentos y visiones espantosas, o el que manifiesta un dolor infinito por un amor prohibido o no correspondido, recrea las ambigüedades y dramas privados que la sociedad burguesa no pudo evitar que cayeran en el dominio del rumor. Por esta causa, los mencionados relatos de fantasmas fueron siempre bien aceptados por un público expectante de chismes e historias fantásticas.
El egoísmo materialista del espectro que se niega a abandonar el plano mundano y carnal de la existencia —y que queda ligado a los objetos personales que lo individualizaron de los demás (casas, pianos, fincas, sillones, etc)— es un claro síntoma de mentalidad burguesa. Una mentalidad que hizo de las cosas materiales un símbolo de status e identidad personal, que ya la muerte no podía disolver. El hecho de que se conserven relatos que hablan de espíritus vistiendo sus indumentarias de costumbre —corbatas, broches, sombreros, uniformes o tapados— es muy sintomático al respecto.
También un sobrenatural lazo afectivo une al fantasma con sus seres queridos cuando éste les advierte sobre peligros inminentes o demanda de ellos un recuerdo más sincero y fuerte. Este temor al olvido —combatido en los cementerios por medio de la arquitectura y escultura funerarias— quedó plasmado en suntuosos panteones familiares, en los que –tras la muerte— todos volvían a reunirse.
Comúnmente, los rumores que circularon —y circulan— en torno de las apariciones poseen un denominador común ya tradicional: el dolor, la violencia y los actos vergonzantes —reprimidos y castigados por la sociedad— son los que sujetan, a modo de invisibles amarras, al espíritu a este mundo. No es de extrañar, pues, que las abadías, conventos e iglesias sean las que conserven historias de este tipo de historias tan cargadas de pecados y actos perversos.
La figura fantasmal de la monja que camina sollozando solitaria, expiando la culpa de un amor carnal prohibido por Dios, es ya clásico en las tradiciones de occidente; o la del sacerdote que, tentando por las voluptuosidades de la señora local, debe pagar su pecado vagando por la nave principal de su capilla, "en las neblinosas noches de invierno".
Damas de todos los colores —la "Dama de Azul", la "Dama de Gris", la "Dama de Blanco", etc— ilustran el folklore de distintos rincones de Europa y América; y en casi todos los casos refieren historias de supuestos escándalos amorosos, seguidos de muerte. Tal es el caso del fantasma femenino que recorre los pasillos del castillo Muncaster, en el centro occidental de Inglaterra.
Al respecto, cuentan los lugareños que hacia 1822 una criada tuvo la osadía de enamorarse —¡y ser correspondida!— del propietario de la finca. El asesinato de la pobre niña en manos de matones nunca fue resuelto, ni los culpables identificados (lo que expresa el riesgo de alterar las rigurosos normas de endogamia clasista de la época). Según el folklore local, el espectro de la pobre infeliz continua reclamando justicia.
Interesar observar cómo historias de este tipo —gestadas la mayoría durante el siglo XIX— fueron transferidas a tiempos medievales, modernos, e incluso antiguos, otorgándoles a viejas tradiciones y rumores sobre fantasmas un romanticismo que, con toda seguridad, no tenían en sus orígenes. Así, pues, argumentos esencialmente victorianos fueron endosados —anacrónicamente— a historias, mansiones, castillos y parajes, supuestamente encantados. Conflictos, crímenes y dramas personales del pasado remoto fueron absorbidos, reinterpretados y tergiversados por el espíritu burgués de la Ghost Story y desde entonces, monjes medievales, aristócratas poderosos del renacimiento o burgueses del siglo XVII (y sus respectivas amantes), poblaron con sus fantasmas cientos de cuentos.
EL PARTICULAR GUSTO INGLÉS POR LOS FANTASMAS
Es probable que no exista ningún rincón del planeta —controlado y aculturado por occidente— que no contenga en su acerbo folklórico historias de fantasmas que reflejen los conflictos y valores arriba nombrados. Tradicionalmente ha sido Inglaterra la gestora más prolífica en leyendas de este tipo, y por ello se han intentando interpretaciones de distinto calibre a fin de explicar este gusto tan particular que los británicos han tenido y tienen por los relatos fantasmales.
Se ha dicho que las apariciones del mundo anglosajón serían el necesario complemento de maravillas de una sociedad regida por lo material y lo concreto; que Inglaterra, al no conocer importantes procesos de brujería, buscó satisfacer en el mundo fantástico del arte una carencia de hechos sorprendentes que la vida real no ofrecía. Desde esta perspectiva, los fantasmas cumplirían una función evasiva de un mundo que progresivamente se desencantaba tras el alud de pragmatismo del siglo XVIII.
También se ha insistido en atribuirle al paisaje inglés —con sus brumas y escenarios grisáceos— el origen de estas historias de ultratumba. Tal como escribió H. P. Lovecraft :
"La atmósfera [en todo relato] es siempre el elemento más importante, por cuanto que el criterio final de autenticidad no reside en urdir la trama, sino en la creación de una impresión determinada".
Asimismo se ha venido hablando del sentimentalismo inglés, que les llevaba a cultivar tanto el temor como la tristeza, motivo por el cual pudieron —y supieron— importar y reacondicionar relatos de fantasmas de otras latitudes, movidos por el entusiasmo hacia lo exótico.
Tampoco se ha descartado la ironía, la valentía o el carácter lúdico que todas estas historias encierran, y que permitirían ampliar la explicación del por qué de esa tan particular fantasmogénesis británica; sin por ello despreciar la no poca producción alemana, francesa y norteamericana.
Todos los lugares poseen una doble dimensión. Una real, que es en la que se vive y se trabaja. La otra imaginaria, en la que se advierten las huellas de potencias infernales o celestes que testimonian la presencia de los antepasados, de sus espíritus y recuerdos; definiendo así un espacio propio, cargado de historia, afectos y emociones. Visto de esta forma, un lugar es —en un cierto modo— una invención.
Esto es lo que llevado a que cosas que no han sido concebidas como fantásticas así lo parezcan; por ejemplo faros, castillos, monasterios, abadías y mansiones.
"Los arquitectos, constructores de fortalezas, se han propuesto hacerlas formidables y no encantadas" .
La tradición oral y escrita informa acerca de miles de sitios con estas características; sitios que van desde los ya mencionados —y construidos por el hombre— hasta bosques, cruces de caminos, cuevas, lagunas, montañas e incluso árboles embrujados. De todos ellos, quizás sea el bosque el que mantenga —desde hace más tiempo— el aspecto numinoso que referimos. Reductos del miedo y del peligro, los lugares boscosos suponían la presencia de hadas, genios, brujas y espectros aterradores que amenazaban la integridad física y moral de los hombres. Muchos cuentos infantiles de origen medieval testimonian lo dicho.
El romanticismo decimonónico retomó la posta y supo explotar su gusto por la soledad, por lo vetusto y lo misterioso, poblando con fantasmas aquellos lugares que dieran con el tipo. Así, jardines abandonados o moradas desiertas se hallaron a disposición de los espíritus.
Enfrentándose a una arqueología materialista por definición, el imaginario romántico hizo de las ruinas sitios ideales donde poder elevarse y captar en concreto el evanescente paso del tiempo y la brevedad de la vida humana. Se resistió a ver sólo piedras —susceptibles de ser fechadas, medidas, catalogadas— y transformó mentalmente a esos históricos monumentos en potenciales escenarios para tramas misteriosas, protagonizadas por legiones fantasmales.
La Torre de Londres vio aparecer entonces el alma en pena de Ana Bolena, decapitada por su esposo en el siglo XVI; o el espectro de Sir Walter Raleigh, injustamente condenado a prisión en el mismo siglo.
La Abadía Newstead congregó entre sus muros una media docena de fantasmas. Por ejemplo, el Temible Demonio Byron (supuesto tío del famoso escritor); una anónima Dama Blanca, que camina pensativa por la casa y un Fraile Negro, anunciador macabro de muertes cercanas. No podía faltar también el espectro de un perro que corre por los jardines, ladrándole a la luna.
Del mismo modo, Watton Priory, un convento fundado en siglo VIII, pasó al acervo folklórico inglés como un lugar poblado de lamentos y jardineros fantasmas. En competencia con él, la Abadía Whitby sigue manteniendo una pequeña congregación de monjas que, desde el Más Allá, continúan respetando los votos de castidad que juraron en vida.
En la zona sur de Inglaterra se levanta el Castillo Suadewy, hogar de una espectral Dama de Verde, asociada al fantasma de Catherine Parr, ex-esposa del rey Enrique VIII. Mucho más al norte —en Escocia—, el Castillo Hermitage testimonia su pasado de sadismo y horror a través de la historia del fantasma de un noble local, recordado por los asesinatos que supuestamente cometió durante el siglo XV. También en las Tierras Altas Escocesas, el Castillo Glamis posee un puñado de fantasmas: la Dama de Gris, el fantasma de Janet —esposa del VI Lord de Glamis— y la extraña figura que corre a través del parque, conocida familiarmente como "Jack the runner" (Juan el Corredor).
Historias prototípicas como estas abundan no sólo en Inglaterra, sino también en Francia, Alemania, España o Estados Unidos. De hecho no existe país que no posea sus lugares encantados.
Puede que cambie el escenario inmobiliario del drama, pero en esencia todas las historias parecen ser variaciones de un mismo tema. Variaciones que, readaptadas al espacio urbano e industrial, testimonian una necesidad muy enraizada en el espíritu de los seres humanos.
Consecuentemente, ni las chimeneas humeantes del progreso, ni los abarrotados barrios obreros de las surgentes ciudades industriales, desplazaron del todo a los espectros de los muertos. Tampoco los espacios de sociabilización burguesa —levantados en pleno corazón de la city— exorcizaron a sus legendarias almas en pena. Así, el Teatro Royal —en Drury Lane, Londres— comenzó a encerrar en sus palcos y plateas al espectro de un hombre desconocido, vestido a la usanza del siglo XVIII, cuyas materializaciones siempre anunciaban un éxito de taquilla.
Cada uno de los muchos lugares encantados que acabamos de mencionar brevemente, son sólo una escueta muestra —arbitraria— de los miles que existen desperdigados en las más diversas geografías de Occidente.
La literatura nos ha acostumbrado a pensar en los fantasmas como en entes individuales, solitarios, que aparecen encantando mansiones y castillos; pero existen narraciones que refieren apariciones en gran escala, es decir, un "gran espectáculo grupal de espectros". Generalmente, esta variedad folklórica está íntimamente relacionada con acontecimientos históricos —perfectamente fechados e identificados— de importancia regional o nacional.
En un siglo como el XIX, en donde el simbolismo nacionalista fue tan importante, no pudieron dejar de circular leyendas respecto de batallas fantasmales, vueltas a representar en fechas y momentos caros al incipiente sentimiento —¿fanatismo?— nacional. Así, las guerras civiles —como la inglesa o norteamericana, de las décadas de 1640 y 1860 respectivamente— se convirtieron en un sugerente caldo de cultivo de muchos relatos populares de fantasmas.
Testimonios de dolorosos enfrentamientos entre hermanos y símbolos de las contradicciones de las recién gestadas identidades colectivas, las batallas de Naseby —celebrada el 14 de junio de 1645, en Northamponshire—, la de Martoon Moor —del mismo año— o el choque armado en Edgehill —de 1642—, son ejemplos ya tradicionales de batallas inglesas en las que ejércitos espectrales escenifican el combate, en los antiguos escenarios del drama. De igual forma, en la localidad de Shiloh, Tennesse, Estados Unidos, la tradición oral sostiene que el sonido de armas de fuego, choques de sables, gritos y lamentos, se podían oír varios años después de celebrado el cruel enfrentamiento de abril de 1862 (y en el que 24.000 personas perdieron la vida).
Daniel Granada ha denominado a estos lugares como "sitios asombrados", puesto que "sorprenden a la gente con los ruidos, voces y visiones con que las almas en pena se manifiestan".
América del Sur —y el área rioplatense en particular— no están exentas de leyendas de este tipo, y un patrimonio intangible de ello son los versos siguientes, en los que José Hernández pone en boca del gaucho Martín Fierro la creencia popular que hemos tratado:
"En distintas direcciones
se oyen rumores inciertos
son las almas de los muertos
que nos piden oraciones" .
Un aspecto muy explotado por la literatura del siglo XIX —y que reflejaba el sentimiento de terror que flotaba en el ambiente— fue el del temor a ser enterrado vivo. Posiblemente nunca como en esa centuria, la angustiante y morbosa fantasía de despertarse en un féretro bajo tierra, impactó tanto el imaginario funerario de una sociedad. Y aunque nunca se probó que accidentes de ese tipo hubieran sido generalizados, los artículos periodísticos de la prensa amarilla difundieron el rumor, otorgándole la asiduidad que jamás tuvo.
Así, puestos en duda los diagnósticos médicos de los certificados de defunción, enfermedades como la catalepsia —productora de un estado de aletargamiento e inmovilidad del organismo, que se decía podía ser confundido con el óbito— agudizaron los temores y, por qué no, el ingenio decimonónico.
Fue un chambelán del zar de Rusia quien, inspirado en la obsesión de moda, lanzó al mercado europeo —hacia fines del siglo XIX— un aparato sencillo y eficiente.
"Era una caja herméticamente sellada con un tubo largo colocado en un agujero abierto en la tapa del ataúd en el instante de bajar éste a la tumba. Sobre el pecho del muerto se colocaba una bola de vidrio unida a un resorte que a su vez estaba conectado a la caja sellada. Al menor movimiento de la persona encerrada, el resorte abriría la tapa de la caja, de modo que la luz y el aire penetrarían en el ataúd enterrado. Al mismo tiempo se iniciaría una reacción en cadena digna de una novela de ciencia ficción. Una bandera se alzaba a más de un metro por encima de la caja; una campana sonaba durante treinta minutos; se encendía una bombilla eléctrica. El tubo, además de permitirle la entrada de oxígeno, servía de megáfono para ampliar la voz presuntamente débil del moribundo" .
El tema fue tratado por ciertas publicaciones médicas y el parlamento inglés, por ejemplo, estipuló como obligatoria una espera prudente entre la defunción y el entierro. Incluso se aconsejó que a aquellos que no podían comprarse un féretro con "sistema de alarma", se les alquilara uno por un tiempo.
Como es de imaginar, fantasías tan morbosas no pudieron dejar de tener su correlato maravilloso, y numerosos relatos montaron tramas en las que el desesperado fantasma del enterrado-vivo, reclamaba venganza o ayuda.
Muertes prematuras o violentas suelen esconderse detrás de los relatos victorianos de fantasmas, en especial cuando esos decesos impiden —o dejan inconclusos— rituales de especial significación social, tales como el casamiento o el bautismo.
En muchas localidades de Europa y América aún pueden escucharse historias de aparecidos en las que sus protagonistas son cónyuges muertos en el día del casamiento, o niños que atormentan a sus padres en reclamo de un sacramento que no alcanzaron a recibir. Idéntica suerte podían seguir los excomulgados, los suicidas o los que ahogaban en el mar. Toda una legión de infortunados a los que se les había negado un descanso bienaventurado, pasaron a los folklores locales siendo así aprovechados por el afán didáctico y moralizador de las instituciones religiosas.
HACIA UNA NUEVA INTERPRETACIÓN
"¿Ha tenido usted alguna vez, cuando creía estar completamente despierto, la impresión intensa de ver a un ser viviente o un objeto inanimado, de sentir su contacto o escuchar alguna voz, sin que hasta donde pueda descubrir, esta impresión de debiera a ninguna causa física exterior?".
Esta pregunta, hecha en 1882, marca un punto de inflexión en el tratamiento que los fantasmas habían tenido hasta entonces.
Excluidos del ámbito científico por considerarlos productos de afiebradas fantasías histéricas, los espectros habían buscado un obligado exilio en la novelística, en la poesía y en el rumor local. El racionalismo los desechaba y todo aquel que los tomara en serio corría el riesgo de ser tachado de ignorante, oscurantista, y por lo tanto perder el prestigio entre sus colegas, vecinos y amigos.
El todopoderoso materialismo impregnaba las teorías que explicaban el funcionamiento del universo y en ellas las apariciones no tenían un espacio reconocido, puesto que atentaban contra las posturas mecanicistas tan en boga. Pero hacia la década de 1880 una poco convencional organización irrumpió en la escena: la Sociedad para la Investigación Psíquica de Londres (SIP); germen de futuras asociaciones del mismo tipo en Francia y EE.UU., y que derivarían en el estudio de la hoy llamada Parapsicología.
Típico producto de su tiempo, la SIP convocó en su seno a un heterogéneo grupo de personalidades, derivadas de distintos sectores de la intelectualidad británica —filósofos, físicos, médicos, escritores, etc—; quienes mezclaron sus inquietudes y opiniones con las de reconocidos espiritistas de la época. De esta hibridación tan particular surgió un grupo de individuos que libraron un tensa batalla por oficializar la clase de fenómenos que empezaron a ser llamados preternaturales. Pero, básicamente, lo que hicieron fue replantear —con un nuevo lenguaje— el problema de la existencia de los fantasmas, enfrentándose al bastión ortodoxo del materialismo mecanicista.
Sus fundadores, William Barrett (1845-1926), Frederic Myers (1843-1901) y Edmund Gurney (1847-1888), buscaron desacreditar las historias fraudulentas, combatieron a los embaucadores —los médium— y trataron de darle a sus proyectos de investigación una metodología guiada por la prudencia en las apreciaciones, la honestidad intelectual e incluso el escepticismo.
La primer publicación sobre "Apariciones" hecha por la SIP fue editada en 1894 y conocida bajo el título de Censo de Alucinaciones. Esta encuesta, practicada en Inglaterra, recogió los testimonios de 17.000 personas a las que se interrogó respecto de sus experiencias "alucinatorias". Con esta denominación —alucinaciones— la Sociedad pretendió crear un espacio intelectual neutro donde incorporar hipótesis de muy variado tipo —aunque en el fondo, su móvil último fuera probar objetivamente la posibilidad de supervivencia del alma después d la muerte—.
Con la encuesta hecha —y tras eliminar sueños y efectos inducidos por la ingestión de drogas— la SIP conservó únicamente 1.700 casos (el 10%) que respondían a los fenómenos que se sugieren en la pregunta que encabeza este apartado. De ellos, sólo 32 casos (1,5%) quedaron sin interpretación racional, siendo suficientes para dejar entreabierta la puerta que permitía el acceso a un universo fantasmal real.
El campo de lo paranormal empezaba a construir un espacio propio, controvertido y con el tiempo, bastante popular en ciertos ambientes.
El discurso parapsicológico introdujo un nuevo concepto —heredado del racionalismo del siglo XVIII— a través del cual las categorías de análisis —vigentes hasta las décadas de 1920 y 1930— se vieron profundamente modificadas.
Ahora era la mente, con sus insospechados poderes, la que pasaba a ocupar el lugar que antes había tenido el alma, y los fantasmas se convirtieron en los productos derivados de ciertas aptitudes naturales en el hombre —tales como la telepatía, la precognición o la psicokinesia—.
El lenguaje tradicional —aquel derivado de lo religioso— fue desplazado por nuevas hipótesis, nacidas de un materialismo agnóstico que —si bien no negaba la existencia de los fantasmas— les dio a los espectros soluciones teóricas más acordes con el cientificismo que pretendía alcanzar. Fue una renovada moda especulativa que puso el acento ya no en entidades independientes del testigo —el fantasma tradicional— sino en el testigo mismo. Las materializaciones y visiones pasaron a ser "proyecciones de la mente" de un ser vivo sobre la conciencia de otro ser vivo. Una especie de "fax telepático" que descartaba la posibilidad de un regreso desde el Más Allá y dejaba abierta la problemática de la supervivencia a otra disciplinas. Quizás el título de la encuesta mencionada denote un aspecto más del proceso de secularización, tan difundido durante el siglo XIX.
Es imposible negar la importancia que tuvieron la ciencia y la razón a lo largo de la centuria pasada (XIX), y si bien la moda del ocultismo y lo desconocido adquirió enorme popularidad, no es menos cierto que generalmente se mantuvo anclada en las regiones cuantitativamente minoritarias de la cultura occidental. Pero desde allí contrastaron de tal manera que sus heterogéneas explicaciones sobre el funcionamiento de la naturaleza, no pudieron dejar de advertirse —y por lo tanto, pasaron a ser duramente cuestionadas y combatidas—.
Fueron en los sectores aristocráticos y de burgueses acomodados de la "derecha política" en donde estos gustos esotéricos se afianzaron con más fuerza. Este hecho motivó que los fantasmas —y demás manifestaciones paranormales— fueran rechazados por los grupos obreros que, recientemente, se habían incorporado al ámbito del conocimiento (la llamada "aristocracia obrera" de la que saldrían los primeros sindicalitas de fuste).
En primer lugar habría que referir el extraordinario avance que la educación popular experimentó desde mediados del siglo XIX y principios del XX. Miles de miembros de la clase obrera tuvieron acceso a verdades intelectuales que pusieron sobre el tapete certezas racionalistas, técnicas y teorías, que empezaban a ser puestas en dudas por ciertos sectores disconformes de la burguesía desencantada.
En segundo lugar, para el movimiento obrero alfabetizado la ciencia —enemiga de la superstición— se convirtió en una bandera de emancipación mental, y no titubearon en abrazar al socialismo científico propuesto por Carlos Marx, medularmente materialista. En contextos como este, los fantasmas no tenían un espacio reconocido y fueron muchos los que interpretaron la moda del espiritismo y sus derivados como un intento solapado de la burguesía decadente por reencausar a los trabajadores hacia la ignorancia y la credulidad.
Desde aquélla lejana época en que la SIP fue fundada, hasta la actualidad, ha corrido mucha agua bajo el puente. El complicado devenir de la historia del siglo XX llevó a la creencia en fantasmas por caminos que el presente ensayo —por cuestiones de espacio— no puede abarcar. Lo cierto es que el derrotero señalado por aquellos primeros parapsicólogos marcó una huella profunda, y el subterfugio de racionalizar con argumentos irracionales las aparentes manifestaciones espectrales, se mantiene muy vigente.
La fantasmogénesis contemporánea habla hoy de "disgregaciones moleculares", "ondas energéticas", "materializaciones psíquicas" o "mundos paralelos". Es otro lenguaje, pero que —como antaño— se ha difundido gracias a la literatura de divulgación, manteniendo al imaginario colectivo en los límites del pensamiento mágico.
Patrimonios intangibles de una cultura que oficialmente los niega, los fantasmas continúan entre nosotros, hermanados con la noche, los sitios abandonados y las reuniones en torno a un fogón. Mantienen viva la predilección por lo maravilloso y aprovechan los hendiduras que desatiende la crítica científica para transformar una leyenda en un hecho aparentemente histórico supuestamente real, pero que de cuya existencia objetiva nunca tendremos prueba porque a ellos los llevamos dentro.
Profesor Fernando Jorge Soto Roland
sotopaikikin[arroba]hotmail.com
Profesor en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata
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